¿Qué está pasando?
David es más digno de gobernar Israel de lo que jamás fue el rey Saúl.
David escucha a Dios. Derrota a un enemigo tras otro con paciencia y oración. Ha unificado a Israel y ha llevado el trono de Dios al centro de la nación. Se ha construido un palacio y ahora quiere hacer un templo para Dios (2 Samuel 7:2).
Pero Dios no quiere que David le construya una casa; Dios quiere construirle a David una dinastía (2 Samuel 7:5; 11b).
Hasta aquí solo ha habido unas pocas promesas, o pactos, que Dios ha establecido con los seres humanos: Noé y la promesa de nunca más inundar la tierra, Abraham y la promesa de bendecir al mundo por medio de sus descendientes, y la promesa a Moisés de que Dios estaría con Israel y le daría un hogar. Y en 2 Samuel 7 David recibe una nueva promesa y un nuevo pacto de parte de Dios. Uno de los hijos de David establecerá un reino que nunca tendrá fin (2 Samuel 7:13).
De hecho, Dios llamará al hijo de David su propio hijo (2 Samuel 7:14a). E incluso cuando este hijo de Dios sea disciplinado, el amor paternal de Dios nunca lo abandonará (2 Samuel 7:14b-15). David queda asombrado por esta promesa de un reino perpetuo (2 Samuel 7:18). Adora a Dios por su bondad y acepta con humildad este pacto (2 Samuel 7:22, 29).
El pacto de Dios con David se comprueba luego en una serie de victorias militares. David sale a la batalla y derriba a todo enemigo que se cruza con su espada (2 Samuel 8:1). Eso no es porque David sea un general especialmente dotado, sino porque Dios le dio cada una de sus victorias (2 Samuel 8:6, 14). David lo sabe, y por eso dedica a Dios todo el botín de guerra (2 Samuel 8:11).
Pero hay otra razón por la que David es un rey digno: cumple sus promesas. Le prometió a Jonatán, el hijo de Saúl, que una vez derrotados sus enemigos mostraría bondad a su familia (1 Samuel 20:15-16). Así que trae a Mefiboset, el hijo lisiado de Jonatán, y lo sienta a su mesa como si fuera uno de sus propios hijos (2 Samuel 9:1, 11).
¿Dónde está el evangelio?
El final de 2 Samuel 9 pretende mostrarnos a David en su mejor momento. Es más digno que Saúl. Escucha a Dios. Dios ha prometido que el hijo de David reinará para siempre. David no puede perder en la batalla, y cumple su promesa a Jonatán. Es misericordioso y generoso con el nieto de Saúl, cuando la mayoría de los reyes antiguos habrían matado a esta posible amenaza al trono.
Y en todo esto David es un retrato de Jesús. Jesús es el hijo que Dios le prometió a David (Lucas 1:32). Jesús no solo está dispuesto a comer con los lisiados; también los sana (Juan 5:8). Nuestros enemigos nos amenazan con la muerte, pero Jesús derrota a todo enemigo y triunfa sobre esa arma, la muerte, en la cruz (1 Corintios 15:55). Jesús cumple lo que Dios prometió a David en su pacto. Derrota a nuestros enemigos por todas partes y es misericordioso y clemente incluso con quienes son una amenaza para su trono. Jesús es el Hijo eterno de David y reina para siempre (Apocalipsis 11:15).
Un Rey eterno es una buena noticia para nosotros por las mismas razones que era una buena noticia para David y para Israel. Tenemos una promesa perpetua de que los humildes y débiles, como David y como Mefiboset, no serán aplastados por los poderosos. Al contrario, nos sentaremos a la mesa de Dios y heredaremos para siempre un Reino de paz y poder (Mateo 5:3-4).
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que hace promesas a su pueblo. Y que veas a Jesús como tu Rey eterno, quien ya ha comenzado su gobierno y reinado de amor y justicia.

