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devocional

2 Samuel 10-12

David y Betsabé

En 2 Samuel 10-12 vemos que Jesús es un Rey mejor que David. Él no usó su poder para abusar ni matar, sino para sanar y resucitar a los muertos.

¿Qué está pasando?

Una batalla contra los amonitas se cuece de fondo en una de las historias más infames de la Biblia: el abuso de David contra Betsabé y el asesinato del esposo de ella. Colocar el momento más vergonzoso de David en medio de historias de valentía resalta la deshonra y la cobardía de sus acciones.

Un año después de iniciado el conflicto con los amonitas, David envía a Joab, su general, a terminar el trabajo sin él. En lugar de salir con sus hombres para proteger activamente su reino, David se queda pasivamente donde está y abusa de su posición (2 Samuel 11:1). En su tiempo de ocio, codicia a la esposa de Urías, un soldado condecorado; la lleva a su palacio, se acuesta con ella y la deja embarazada (2 Samuel 11:4-5). Con la esperanza de encubrir el escándalo, hace volver a Urías del campo de batalla antes de tiempo e intenta manipularlo para que se acueste con su esposa (2 Samuel 11:8). El embarazo es lo bastante reciente como para que Urías nunca sepa que el hijo no es suyo.

Pero Urías se niega. Sería malo disfrutar de su propia casa y de su esposa mientras sus hombres están en guerra (2 Samuel 11:11). Incluso cuando David emborracha a Urías, un Urías ebrio resulta más honorable que un David sobrio (2 Samuel 11:13). Así que David decide matar a Urías (2 Samuel 11:15). Con la ayuda de Joab, ponen en riesgo la campaña contra los amonitas para matar a uno de los suyos. Con total insensibilidad, David cree que las vidas de sus hombres son un costo necesario para proteger su reputación (2 Samuel 11:25). Muerto Urías, David añade a Betsabé a su harén y encubre el escándalo (2 Samuel 11:27). Pero no ante Dios.

Dios envía a su profeta Natán para confrontar a David (2 Samuel 12:1). Pero primero, Natán deja que David se condene a sí mismo (2 Samuel 12:5). Natán cuenta una historia que provoca a David a exigir la pena de muerte (2 Samuel 12:3, 6). Pero cuando Natán le señala que David es el hombre al que está sentenciando, David se arrepiente y Dios lo perdona (2 Samuel 12:7, 13). Sin embargo, el resto del reinado de David quedará envenenado por estos hechos. El hijo de David y Betsabé morirá, y el liderazgo de David seguirá marcado por la pasividad y el abuso (2 Samuel 12:14).

Por eso la historia termina cuando David vuelve a enviar a Joab a pelear contra los amonitas, sin él (2 Samuel 12:26-27). Como antes, David se queda en casa y solo sale de su pasividad para tomar algo que no le pertenece. David se lleva el crédito por la victoria de Joab y se corona con el oro de otro rey (2 Samuel 12:28, 30).

¿Dónde está el evangelio?

En última instancia, el poder le pertenece al Señor, y David es más poderoso cuando se somete a Dios. Pero David ahora ha despreciado la autoridad de Dios. En el libro de Deuteronomio, Dios les ordena a los reyes de Israel no tomar muchas esposas ni acumular mucho oro (Deuteronomio 17:17), y mucho menos conspirar contra sus ciudadanos y asesinarlos (Deuteronomio 5:17). David ha olvidado quién manda. Ha puesto su propia reputación por encima de los decretos de Dios y se aprovecha de sus ciudadanos para satisfacer sus deseos. David hizo mal uso del poder que Dios le dio, y por eso es humillado.

El libro de Samuel nos advierte que quienes hacen mal uso del poder que Dios les da quedarán expuestos como las personas débiles y abusivas que son. Si crees que es aceptable rechazar los mandamientos de Dios, especialmente si estás en una posición de autoridad, serás humillado por el Dios que no tolera el abuso. Habrá un juicio para todo aquel que maltrate a quienes debería proteger.

Aunque David sí se arrepiente y en muchos sentidos es el mejor rey de Israel, Jesús es un Rey mejor que David. Jesús nunca olvidó quién mandaba (Juan 5:19). Sabía que su autoridad le había sido delegada (Mateo 28:18). No usó su poder para abusar ni matar, sino para sanar y resucitar a los muertos (Lucas 8:53-54). No puso su propia reputación por encima de los decretos de Dios, sino que fue humillado en la cruz (Filipenses 2:8). Jesús empleó su poder para nuestro perdón, no para protegerse a sí mismo. Y Jesús promete que usará su autoridad como Rey para servirnos para siempre (Lucas 12:37).

Como David, puedes escoger despreciar el poder de Jesús, para tu propia humillación. O como Jesús, puedes humillarte ante el Rey del universo y ser exaltado.

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que se opone a los orgullosos. Y que veas a Jesús como aquel que da gracia a los humildes.

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