¿Qué está pasando?
David está a punto de unir a Israel en un solo reino y de centralizar el poder en una sola ciudad: Jerusalén.
Las tribus del norte, que habían sido leales a Saúl, reconocen y ungen a David como el legítimo heredero del trono de Israel (2 Samuel 5:3). Pero David se da cuenta de que no puede unir a todo Israel desde su base militar en el extremo sur. Así que David toma sus ejércitos recién unidos y marcha hacia la ciudad central de Jerusalén (2 Samuel 5:6a). Los jebuseos que gobernaban Jerusalén esperaban vencer a David con facilidad (2 Samuel 5:6b). Pero Dios estaba con David (2 Samuel 5:10). No solo conquista la ciudad, sino que además construye un palacio (2 Samuel 5:11). Su familia crece y nace Salomón, el hijo que continuará la dinastía de David después de su muerte (2 Samuel 5:14).
David también derrota a los filisteos, que habían atormentado a Israel desde el reinado de Saúl. Temerosos de un reino unido, los filisteos envían un batallón a la antigua frontera entre Judá, en el sur, e Israel, en el norte (2 Samuel 5:18). Esperan que una derrota de David signifique el fin del Israel unificado de David. Pero, guiado por la voz y el poder de Dios, David derrota a los filisteos, defiende el corazón del país y asegura la unidad de Israel (2 Samuel 5:25). Israel está por fin unido y libre porque Dios está con ellos.
Y como poderoso símbolo de la presencia de Dios, David lleva el arca de Dios a Jerusalén (2 Samuel 6:2). David está haciendo de Jerusalén no solo el centro político de Israel, sino también el centro religioso. David está estableciendo un reino donde la presencia y la palabra de Dios son el centro. Pero la presencia de Dios es peligrosa.
Mientras los hombres de David transportan el arca hacia Jerusalén, un hombre toca el trono de Dios y muere (2 Samuel 6:7). Es un recordatorio que nos humilla: el poder y la presencia de Dios no se pueden dar por sentados (2 Samuel 6:9). La presencia de Dios es sagrada y debe tratarse como tal. Al reconocer su error, David lleva el arca a Jerusalén con sacrificios y cánticos de adoración (2 Samuel 6:13-14).
Pero Mical, la hija de Saúl, no queda impresionada (2 Samuel 6:16). Igual que su padre, ella no entiende la necesidad de escuchar y esperar en la palabra y la presencia de Dios. Confronta a David por lo que a ella le parece una conducta vergonzosa (2 Samuel 6:20). Y David le dice que está mal (2 Samuel 6:21). Sus prioridades son exactamente las que deben ser. Desde ese momento Mical no puede tener hijos (2 Samuel 6:23). Nunca más habrá en Israel un hijo del linaje de Saúl.
¿Dónde está el evangelio?
Hasta este momento los israelitas han sido nómadas. Vagaron por el desierto y después anduvieron errantes por una Canaán ocupada por sus enemigos. Durante generaciones han esperado este momento. Israel nunca antes había tenido una capital como Jerusalén, y la presencia de Dios está en medio de ella. Dios gobierna a su pueblo como ellos anhelaban, y el rey David lo escucha. Como resultado, Israel experimenta una paz y una unidad nunca antes conocidas.
El Nuevo Testamento nos recuerda que todos seguimos siendo errantes. El libro de Hebreos dice que todos buscamos una ciudad que está por venir (Hebreos 13:14). En medio de nuestro sufrimiento anhelamos una situación distinta de la que vivimos. Algunos fantaseamos con venderlo todo y ceder a nuestras ansias de andar errantes, buscando ese lugar que se sienta como el hogar.
Por eso la Biblia describe el Cielo como una nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:2). El Cielo es el hogar definitivo de nuestra alma nómada. No es solo el lugar donde habita el trono de Dios, sino que Dios mismo está allí (Apocalipsis 21:3). Podremos mirar y ver a un Rey mejor que David: ¡Jesús! Y a diferencia del hombre que murió cuando tocó el arca de Dios, Dios tocará nuestro rostro. Con ternura enjugará las lágrimas de nuestros ojos (Apocalipsis 21:4). No solo estaremos en paz, libres de nuestros enemigos, sino también en completa paz con Dios y con el mundo. Un día Dios nos dirá que la muerte y el dolor han terminado. Jesús, el Hijo de David y el Rey de la nueva Jerusalén, nos tomará de la mano y nos llevará a casa.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que da a su pueblo un Rey y una ciudad. Y que veas a Jesús como el Rey que por fin nos hará sentir en casa.

