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devocional

2 Samuel 15-20

La rebelión de Absalón

En 2 Samuel 15-20 vemos a Absalón como una especie de Judas, y a Jesús como el más verdadero y definitivo Rey David. Como David, Jesús es el rey ungido de Dios, traicionado por los más cercanos a él.

¿Qué está pasando?

David no protegió a Tamar, su hija y hermana de Absalón. Y durante cuatro años Absalón ha tramado su venganza y ha conspirado para derrocar a su padre. Incluso reclutó para su causa a Ajitofel, el consejero real de David (2 Samuel 15:6b-7, 12).

De la noche a la mañana, Absalón reúne a sus partidarios y marcha hacia el trono. David se ve obligado a huir de Jerusalén y toma varias decisiones estratégicas (2 Samuel 15:14). David se niega a sacar el arca de Jerusalén para su propio beneficio (2 Samuel 15:25). Recluta a algunos sacerdotes como espías y escoge un punto de encuentro para intercambiar información (2 Samuel 15:27-28). También envía a Husay como agente doble para contrarrestar al traidor y brutalmente inteligente Ajitofel (2 Samuel 15:34; 16:23).

Con David huyendo, Ajitofel le aconseja a Absalón que se acueste con las concubinas de su padre en la azotea del palacio (2 Samuel 16:21-22). Es un símbolo de dominio sobre su padre. Pero también es el pecado de David con Betsabé cerrando el círculo, y la profecía de Natán cumpliéndose (2 Samuel 12:11).

De inmediato, Ajitofel le aconseja a Absalón atacar rápido y con fuerza antes de que David tenga oportunidad de reagruparse (2 Samuel 17:1-2). Pero el agente doble de David logra convencer a Absalón de que es más sabio esperar (2 Samuel 17:14). Husay envía enseguida a los espías para transmitir esta noticia, dándole a David el tiempo que necesita para reagruparse y planear su estrategia (2 Samuel 17:16; 18:1).

La victoria es inmediata. Absalón se retira y accidentalmente queda colgado de un árbol. Joab lo mata, después de haberle ofrecido primero monedas de plata a otro hombre para que hiciera el trabajo (2 Samuel 18:14).

A pesar de la traición de Absalón, David llora la pérdida de su hijo hasta que sus responsabilidades como comandante en jefe lo obligan a actuar una vez más (2 Samuel 19:3-4). David vuelve a entrar en Jerusalén y toma varias decisiones estratégicas respecto a su reino. También descubre que la rebelión de Absalón despertó una antigua enemistad entre el Israel del norte y el Judá del sur (2 Samuel 19:41). Igual que con Absalón, una nueva rebelión se organiza de la noche a la mañana, dirigida por un hombre llamado Seba. Él no quiere el trono de David, sino dividir el reino que David ha unificado (2 Samuel 20:6). Joab acorrala a Seba en un pueblo llamado Abel. Y así como el primer conflicto de David con Absalón fue resuelto por una mujer sabia, son las palabras de otra mujer sabia las que finalmente ponen fin a la rebelión de Absalón (2 Samuel 14:2; 20:14-15).

¿Dónde está el evangelio?

En su Evangelio, el Apóstol Mateo tiene cuidado de describir la traición de Judas a Jesús como la traición de Absalón a David. Tanto Absalón como Judas traicionan a su rey con un beso, se cuelgan y son sepultados en fosas (2 Samuel 14:33). Y las monedas de plata son parte crucial de la muerte de ambos. Un hombre que estaba allí se negó a poner la mano sobre Absalón, el hijo del rey, ni aun por las mil monedas de plata que Joab le ofrecía (2 Samuel 18:12). Judas le pone precio a su lealtad al Hijo más grande de David por solo treinta (Mateo 26:15).

Mateo entiende a Jesús como el más verdadero y definitivo Rey David. Como David, Jesús es el rey ungido de Dios, traicionado por los más cercanos a él.

Todos nosotros le hemos puesto precio a nuestra lealtad al Rey del universo; quizá no con plata como Judas, pero tal vez con la misma ira largamente guardada que Absalón tenía hacia Dios. La mayoría de nosotros creemos que, si estuviéramos al mando, lo haríamos de otra manera. Y así vivimos vidas amargas conforme a nuestro propio sentido de justicia. Nos ganamos el título de traidores.

Pero la buena noticia es que, como David, Jesús quiere tomar el lugar de los hijos traidores. Jesús no le guarda rencor a Judas por su traición ni lo mata por su traición contra él. Al contrario, permite que la rebelión de Judas triunfe. Jesús muere como un traidor a Roma, para que traidores como Judas puedan vivir. Y como las mujeres sabias en el sepulcro les anunciaron a los discípulos: ¡Jesús ha resucitado! (Lucas 24:6, 10). Nuestra traición queda sepultada para siempre. Y en su gracia, Jesús promete elevar a los rebeldes humillados a los mismos tronos que intentan robar (Apocalipsis 3:21). Hay un solo Rey que llora por los traidores, muere por los desleales y les da poder a los rebeldes en su Reino. Su nombre es Jesús.

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que ha ungido a Jesús como nuestro Rey. Y que puedas ver al Rey Jesús como un Rey misericordioso que murió para que los traidores puedan vivir.

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