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devocional

1 Samuel 5-7

Tumores, ratas y la presencia de Dios

En 1 Samuel 5-7 vemos que no hay nadie que haya manipulado tanto a Dios como para que él no esté dispuesto a perdonar y salvar.

¿Qué está pasando?

Los filisteos y los israelitas están en guerra.

En una derrota devastadora, los filisteos capturan el símbolo que Israel tenía de la presencia de Dios: el arca. Al principio, los filisteos temen pelear contra el Dios que, según ellos saben, derrotó a los egipcios. Pero el arca capturada es un trofeo que parece probar la superioridad de su dios (1 Samuel 4:8). Así que colocan el arca en el templo de su deidad Dagón (1 Samuel 5:2). Pronto aprenderán, sin embargo, que Dios no es el trofeo de nadie.

A la mañana siguiente, encuentran su ídolo derribado, como si estuviera inclinado delante del arca (1 Samuel 5:3). Vuelven a poner la estatua en su lugar, pero al otro día encuentran a Dagón decapitado y sin sus manos (1 Samuel 5:4). Irónicamente, en el versículo siguiente —y siete veces más a lo largo de esta historia— se nos dice que la mano del SEÑOR pesa con fuerza sobre los filisteos (1 Samuel 5:6).

El Dios que derrotó al Faraón «extendiendo su mano» contra Egipto ha venido por ellos, y también por su dios (Éxodo 7:5). En el transcurso de los siguientes siete meses, los filisteos son azotados por tumores y una plaga de ratas. Es igual que en Egipto. Presos del pánico y con la esperanza de detener las plagas, los filisteos pasan el arca entre cinco de sus ciudades (1 Samuel 5:6).

Desesperados, los sacerdotes de Dagón animan a los filisteos a honrar al Dios de Israel. Envían el arca de regreso a Israel con figuras de oro de las ratas y los tumores que los han azotado (1 Samuel 6:5). Los filisteos han aprendido lo que el Faraón nunca aprendió: que Dios no es el trofeo de nadie (1 Samuel 6:6).

Cuando el arca regresa, Israel necesita aprender la misma lección. Al principio Israel se llena de alegría y ofrece sacrificios en alabanza (1 Samuel 6:15), solo para darse cuenta, 70 vidas demasiado tarde, de que han tratado mal el arca y la presencia de Dios (1 Samuel 6:19). Rápidamente, Israel se arrepiente y le pide a Samuel que ore por la victoria contra los filisteos (1 Samuel 7:8). Samuel ofrece un cordero por el pecado de Israel, y antes de que el sacrificio termine de quemarse, Dios le concede a Israel la victoria (1 Samuel 7:10).

¿Dónde está el evangelio?

Los filisteos pensaron que el arca de Dios era un trofeo que podía manipularse a favor de su causa. Israel pensó que el arca de Dios podía tratarse como quisieran. Pero las dos naciones aprendieron que el precio de faltarle el respeto y deshonrar a Dios era la muerte.

Como los filisteos, damos por sentado que Dios está de nuestro lado en las guerras culturales, y así usamos el nombre de Dios para justificar nuestra posición. O, como los israelitas, presumimos que la presencia de Dios significa que podemos actuar como nos plazca, sin importar los mandamientos de su Palabra.

Usar a Dios para nuestra propia agenda lleva a la muerte. La verdadera victoria sobre nuestros enemigos solo viene de arrepentirnos y de nombrar a un líder que interceda por nosotros (1 Samuel 7:6). Ese líder no es Samuel, es Jesús.

El autor de Hebreos dice que Jesús salva por completo a los que se acercan a él, porque sus oraciones por su pueblo nunca cesan (Hebreos 7:25). Jesús siempre está intercediendo por aquellos que lo nombran gobernante de sus vidas. Israel murió por acercarse indebidamente a la presencia de Dios, pero cuando Jesús muere —como el cordero de Samuel— la presencia de Dios se acerca a nosotros. Nos convertimos en nuevas arcas. Dios nos hace símbolos vivientes de la presencia de Dios. Se nos dice explícitamente que Jesús ora para estar en nosotros de la misma manera en que el Padre estaba en él (Juan 17:21b).

Ya no necesitamos tenerles miedo a los enemigos de nuestro mundo y de nuestra cultura. ¡Jesús los ha vencido (Juan 16:33)! Ha decapitado y arrancado las manos de todo dios falso, y ahora vive en nosotros. Y en lugar de dar por sentada la presencia de Dios, él nos capacita para acercarnos confiadamente a su trono sin temor a la muerte. Podemos pedir todo lo que necesitemos.

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que no puede ser manipulado. Y que veas a Jesús como aquel que intercede por ti y vive en ti para darte victoria sobre tus enemigos.

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